jueves, 11 de octubre de 2012

La historia completa de Joaquín Jiménez de Anta, el quintacolumnista más famoso del Madrid republicano

A la izquierda Jiménez de Anta, siendo
Comandante de Intendencia en 1943.
A la derecha está su suegro, el Teniente
Coronel Losada
Nunca antes se había publicado su historia. Ni siquiera sus familiares más próximos saben con exactitud lo que sucedió con Joaquín Jiménez de Anta durante la Guerra Civil Española. Nadie diría que aquel simpático y entrañable concejal del Ayuntamiento de Barcelona fue uno de los espías más brillantes que tuvo Franco en el Madrid republicano y jefe de una de las organizaciones quintacolumnistas más importantes de la contienda. Desde hoy, el misterio que se llevó a la tumba este condecorado militar y reputado médico quedará al descubierto para todos los lectores de La Vanguardia.

Joaquín Jiménez de Anta no era un militar al uso. A diferencia de otros compañeros de profesión, no se sentía identificado con el Ejército y desde niño soñaba con estudiar medicina, pero por tradición familiar (su padre también era militar), se vio obligado desde muy joven a orientar su vida hacia lo castrense. La sublevación del 18 de julio de 1936 le sorprendió en Madrid, donde era teniente de intendencia, pero tuvo que mantenerse al margen, porque su padre se estaba muriendo. Cuando fracasó el alzamiento no se puso al servicio de la República, porque no comulgaba con el Frente Popular. Ese verano, el Ministerio de la Guerra ordenó a los militares profesionales que trabajasen para el ejército republicano, un mandato que afianzó su idea de intentar escapar de la zona republicana y combatir a favor de Franco. Muy pronto encontraría la fórmula de luchar del lado nacionalista: lo haría infiltrándose en el enemigo. Pese a la orden ministerial, Jiménez de Anta siguió inactivo hasta mediados de agosto, cuando un grupo de milicianos se personó en su casa de madrugada para entregarle una citación: debía presentarse al día siguiente en el Parque Central de Intendencia, o de lo contrario sería juzgado por desafección al régimen. Acudió a la cita y fue nombrado oficial de servicio. Desde entonces tendría que trabajar sí o sí a favor de la República, al igual que otros muchos militares con los que había coincidido antes de la guerra, como el capitán Ramajos.


Una semana después de incorporarse a su nuevo destino, Ramajos le hizo una extraña proposición. Hacía unos días que había entrado en contacto con el hijo del prestigioso general republicano Francisco del Rosal, jefe de la famosa Columna Del Rosal republicana. A diferencia de Francisco, su hijo simpatizaba con la Falange. Desde el inicio de la guerra y aprovechando su apellido, se infiltró en varias instituciones de la CNT para espiar a favor de los nacionales. Ramajos colaboraba con él, y tras comprobar que Jiménez de Anta compartía su animadversión hacia la República, le propuso que le ayudara en su cometido. Pese al peligro que podía conllevar espiar a favor del enemigo, Joaquín aceptó, y durante veinte días facilitó a su compañero datos militares relacionados con la situación de las fuerzas republicanas en el frente de Madrid. Estas informaciones las recibía a través de los convoyes de intendencia que partían diariamente hacia el frente.  Una vez compartida esta información con Ramajos, éste la entregaba a uno de los enlaces del grupo falangista, que por medio de una emisora de radio clandestina y a través de mensajes cifrados enviaba estas informaciones a Burgos.

Rodríguez Aguado dirigió la organización
Antonio. Joaquín era su segundo

En septiembre, Joaquín fue trasladado como administrador del tren hospital número uno que cubría la evacuación de heridos desde Alcázar de San Juan hasta diferentes puntos de la costa levantina. Dos días después de incorporarse a su nuevo destino, Jiménez de Anta fue detenido y acusado de haber sido mano derecha del jefe de policía de Madrid, del que había sido secretario personal. Le trasladaron a la checa de la estación de Atocha y fue interrogado durante dos días por Eulogio Villalba, líder anarquista aragonés, acusado años más tarde de maltratar y asesinar a varios presos. Al tercer día fue puesto en libertad y se reincorporó al tren hospital. Siempre sospechó de dos capitanes médicos de su mismo tren,  pero nunca supo con certeza quién le había denunciado ante la CNT.Siete meses después, Jiménez de Anta solicitó una vacante libre como pagador otra vez en el Parque de Intendencia de Madrid. Su falta de adhesión a la República se había acentuado a medida que pasaba la guerra. Su idea, ya de regreso a la capital, era la de continuar facilitando información a los franquistas por medio de la organización Del Rosal. Sin embargo, nada más llegar se enteró de que había sido desarticulada y casi todos sus miembros estaban detenidos, también Ramajos. Justo entonces, supo que un viejo compañero de academia, el teniente de intendencia Antonio Rodríguez Aguado, se encontraba en Madrid y mantenía contactos con la Falange clandestina que dirigía Valdés Larrañaga, amigo personal de José Antonio. Valdés estaba formando la Quinta Columna, un entramado de derechistas que conspiraban contra la República en su propio territorio.



Cartel contra la Quinta Columna aparecido
en la prensa de la República
A mediados de marzo de 1937, se reunió con Antonio en el Café Europeo, uno de los establecimientos más emblemáticos de la capital. Éste le sugirió organizar una red clandestina en el interior del Parque de Intendencia con dos objetivos primordiales: espionaje militar y ayuda económica a los presos derechistas y sus familiares. En menos de dos semanas, Jiménez de Anta reclutó a más de quince militares de su cuartel y a varios civiles del exterior dispuestos a colaborar con la nueva organización quintacolumnista. Los implicados empezaron a entregar a Joaquín la mitad de sus dietas para socorrer a los presos. Un teniente apellidado Moll colocó en el taller de vestuario del cuartel a varios perseguidos por la policía republicana. Otros oficiales entregaban a Rodríguez Aguado y Jiménez de Anta víveres y autorizaciones para comprarlos a precio militar. A principios de abril, esta red clandestina ya estaba lo suficientemente bien organizada para dar un paso más: sacar a Ernesto Ramajos de la cárcel. Aprovechando la venta de víveres en el mercado negro, Jiménez de Anta consiguió sobornar a casi todos los miembros del jurado popular que le iban a juzgar. Tras conseguir la libertad condicional, la organización consiguió esconderle en el piso de un conductor del cuartel a la espera de una misión mucho más arriesgada. En julio, Joaquín y Antonio decidieron contactar con Bonel Huici, responsable de los servicios secretos de Franco en el Frente de Madrid, y planearon enviar a Ramajos a zona franquista para llevar información de una ofensiva inminente de la República en Brunete. La evacuación, organizada por Jiménez de Anta, se llevó a cabo la noche del 4 de julio. Días antes, dos conductores de intendencia encontraron una vía de escape de la España republicana que consistía en atravesar el Tajo a la altura del pueblo de Totanes (Toledo), una zona no demasiado vigilada. Para la ocasión, la organización robó a punta de pistola un coche a un comisario político con el que trasladaron a Ramajos hasta el punto acordado. Allí les esperaba un guía apodado el ‘francés’, un vecino de Totanes que a cambio de 300 pesetas acompañaría al fugado campo a través hasta el río, donde cogería una pequeña barca a remo con la que llegaría a la otra orilla. La operación fue un éxito. Al otro lado del río estaban las tropas nacionales, a las que Ramajos entregó la información. Tal y como habían acordado, el día después de pasar a la otra zona, Ramajos anunció su llegada por Radio Nacional con una contraseña convenida. La primera gran operación de la organización había sido un éxito, pero las cosas no serían tan fáciles después.
Se gesta la organización de la Quinta Columna más importante de Madrid

Documento oficial del Cuartel General de
Franco pidiendo las nóminas de Joaquín
La primera expedición organizada por los líderes de la Quinta Columna, la evacuación del capitán Ramajos, significó la apertura de una nueva ruta de huida a la zona nacional. Hasta julio de 1937, los pocos madrileños que se atrevían a pasar a la España franquista lo hacían por Somosierra, un paso mucho más vigilado que el del Tajo. Tras el éxito de la operación, los responsables de los servicios secretos franquistas enviaron a un emisario desde el  cuartel general del SIPM (Servicio de Información y Policía Militar), situado en La Torre de Esteban Hambrán en Toledo. El enlace era un joven aventurero de Reus llamado Juan María Bartolí, que llegó a la capital siguiendo la ruta exacta de Ramajos pero en sentido inverso. En Madrid contactó con los dos responsables de la organización, y les dio instrucciones del espionaje nacional: Antonio Rodríguez Aguado sería, a partir de ese momento, el jefe de la organización, y Joaquín Jiménez de Anta el segundo máximo responsable. Las autoridades franquistas les ordenaban organizar expediciones más numerosas, especialmente militares de aviación y artillería, muy necesarios para los objetivos de Franco. Bartolí también les comunicó a los dos jefes la prohibición de salir de Madrid: eran mucho más útiles en la retaguardia enemiga. La llegada de Bartolí tuvo lugar en plena Batalla de Brunete. Por aquel entonces la organización había contactado con Agustín Delgado, un capitán del Estado Mayor del General Miaja que facilitó a Joaquín informes confidenciales de la situación de las fuerzas republicanas en el frente y un plano de grandes dimensiones de varias fortificaciones. El emisario franquista consiguió salir de Madrid con esa documentación.
La organización fue cogiendo forma: la red quintacolumnista ya no solo abarcaba a militares de intendencia, también se había infiltrado en varias instituciones republicanas. Un viejo amigo de Antonio, el policía Victoriano Sanjuán, entregaba informes precisos de todo lo que sucedía en las comisarías madrileñas, incluso facilitaba órdenes de detención a supuestos derechistas que eran advertidos antes de ser arrestados. Otros colaboradores se habían infiltrado en el Sindicato de Enseñanza de la CNT, donde elaboraban cientos de carnet anarquistas para proteger a personas perseguidas. Desde el Estado Mayor del Ejército del Centro, el capitán Delgado continuó espiando a favor de Franco y facilitó varios salvoconductos y hojas de ruta para futuras expediciones de evacuados. Esta red contó con colaboradores en los tribunales que consiguieron amañar juicios y poner en libertad a varios simpatizantes de los sublevados. La organización decidió ir más lejos y establecer un centro de operaciones en un lugar que no levantara sospechas. El sitio elegido fue una Escuela de Oficiales del Ejército Popular, ubicada en Barajas, bajo la dirección de un comandante que simpatizaba con los alzados.

Manuel Valdés Larrañaga, jefe de la
Falange Clandestina en Madrid
Pese a contar con gran número de infiltrados, el principal objetivo era evacuar de Madrid al mayor número de perseguidos, especialmente militares que estaban refugiados en varias embajadas. De la preparación de las expediciones se encargó directamente Jiménez de Anta. Aprovechando su condición de pagador del Parque de Intendencia, utilizó conductores y camiones de su cuartel para trasladar a los evacuados hasta Totanes (Toledo), donde atravesaban el Tajo hasta llegar a zona nacionalista. La noche antes de salir, solían pernoctar en la Escuela de Oficiales de Barajas, se disfrazaban de soldados y un camión les llevaba de madrugada a Toledo con la excusa de recoger víveres. Allí, con la ayuda de un guía, atravesaban el río en pequeñas barcas hasta llegar a terreno franquista.
Durante los meses de julio, agosto y septiembre se ejecutaron con éxito cinco operaciones de evacuación. Aquel verano de 1937, más de 90 militares y civiles pasaron a la España nacional gracias a Jiménez de Anta, entre ellos Manuel Gutiérrez Mellado, posteriormente Vicepresidente del Gobierno con Adolfo Suárez, y Adolfo Meléndez Cadalso, ex presidente del Real Madrid.  En una ocasión, uno de los evacuados, un sacerdote infiltrado en una brigada mixta, entregó a Rodríguez Aguado más de 90.000 pesetas que había robado de su batallón para sufragar los gastos. Aprovechando cada expedición, Joaquín y Antonio introducían informes militares republicanos entre las ropas de los evadidos para que se lo entregaran al espionaje de Franco. Hasta el 15 de septiembre, fecha de la última expedición, los informes enviados a Burgos fueron valiosísimos. Al margen de los detalles de la ofensiva de Brunete, se redactaron informes con la distribución exacta de las fuerzas republicanas en la Casa de Campo, el emplazamiento de todas las baterías antiaéreas en el sector de Ciudad Universitaria, el plano de la residencia del Estado Mayor ruso en Albacete, el centro de montaje de aparatos de aviación en la Alameda de Osuna y la ubicación precisa de dos aeródromos secretos situados en la carretera de Barcelona.
 La confirmación de los evacuados habían llegado a la otra España se confirmaba a través de la emisora A.Z Radio, después de que el locutor repitiese tres veces la frase “Atención Antonio”. Después, con un lenguaje convenido previamente, las autoridades sublevadas transmitían nuevas instrucciones a la Quinta Columna madrileña.  Un miembro de la organización, Tomás Arenal, era el encargado de escuchar día y noche las emisiones. Cuando captaba el mensaje dirigido a Joaquín o Antonio acudía a toda prisa a casa de otra miembro del grupo que ejercía como enlace directo con los dos máximos responsables. Ésta entregaba el mensaje en persona, oculto en el interior de una barra de pan, para que pudieran interpretarlo con las claves precisas.

Vista aérea de Totanes (Toledo), lugar desde el que se
organizaban las expediciones de evadidos de la España
republicana a la franquista
Durante varios meses Jiménez de Anta se convirtió en uno de los jefes quintacolumnistas más importantes de Madrid. Para no levantar sospechas, se afilió al Partido Comunista,  y organizó en su domicilio de la calle Antonio Acuña varias reuniones de carácter político a la que acudían oficiales comunistas de alta graduación. De esta manera, Joaquín conseguía información muy valiosa que enviaba después a territorio nacional.
A medida que pasaban las semanas, este grupo de la Quinta Columna fue incorporando nuevos colaboradores. Los jefes del servicio secreto pidieron a otras organizaciones quintacolumnistas que operaban en Madrid que se fusionaran con la de Joaquín. En pocos días, el grupo de José Banús (constructor de Puerto Banús) y del teniente de infantería José María Burgos (dueño del colegio Estudios Burgos de Barcelona) se adhirieron a la red de Jiménez de Anta y Rodríguez Aguado. Esto preocupó de sobremanera a los dos máximos responsables, porque el número de miembros era muy numeroso y cualquier indiscreción podría descubrir al mayor grupo de resistencia franquista en la capital. Sin embargo, no fue una indiscreción lo que provocó las primeras detenciones de los miembros de la organización, sino una trampa de la seguridad republicana. 
El principio del fin
La última expedición que organizó Jiménez de Anta a la España franquista fue el 15 de septiembre de 1937. Ese verano había conseguido evacuar del Madrid republicano a más de 90 personas y no parecía que las fuerzas de seguridad sospecharan de sus actividades. Al igual que otras veces, un camión de intendencia transportó en plena noche a varios fugitivos que pretendían alcanzar la zona derechista  atravesando el Tajo a la altura de Totanes (Toledo). Al llegar al punto acordado, se encontraron con el guía muy nervioso. La policía había detenido al resto de los guías que solían ayudar a los evadidos y estaba reforzando la seguridad alrededor del río para evitar nuevas evasiones. Él era el único que quedaba en libertad pero no por mucho tiempo ya que su mujer y sus hijos también habían sido arrestados. Horas después, los servicios secretos enviaron por radio la confirmación de la llegada de la expedición advirtiendo que tendrían que buscar nuevas rutas de evasión por el incremento de la seguridad alrededor del Tajo.




Fernando Valenti, comisario de la Brigada
Especial de La República, cuerpo que se
especializó en perseguir a la Quinta
Columna. Fotografía tras la guerra. Fue
 detenido y fusilado posteriormente
Casi simultáneamente, la Brigada Especial de la República se puso tras la pista de la red quintacolumnista. El comisario Fernando Valentí mandaba esta unidad de élite de la seguridad republicana, cuyo principal cometido era desarticular las principales organizaciones clandestinas de Madrid. Valentí y sus hombres habían sido muy eficaces: hasta octubre de 1937 cientos de emboscados habían sido detenidos y juzgados por espionaje. El chivatazo de un carabinero que “supuestamente” colaboraba con la organización alertó a la Brigada. A partir de ese instante se puso en marcha un despliegue sin precedentes para poder dar con los máximos responsables del grupo. Para ello infiltraron a uno de sus agentes en el Café del Prado, uno de los lugares donde solían reunirse los miembros más jóvenes de la organización. Tras ganarse su confianza, el infiltrado empezó a recopilar datos y direcciones de los miembros de la Quinta Columna. A mediados de octubre comenzaron las detenciones. Los primeros en caer fueron aquellos que se reunían en el Café del Prado, posteriormente los derechistas que se habían introducido en el Sindicato de Enseñanza de la CNT, más adelante Tomás Arenal, el escucha radiofónico y por último los militares del Parque de Intendencia. A mediados de noviembre casi todos los miembros de la organización habían sido detenidos y trasladados a la calle Serrano 108, la sede de la Brigada donde solían ser interrogados. Los interrogadores utilizaban la tortura y las amenazas para que los quintacolumnistas delataran a sus compañeros, hecho que originó la apertura de un expediente disciplinario a los agentes que se encargaban de obtener información.
El 18 de noviembre, la Brigada Especial ya sabía con certeza que Jiménez de Anta y Rodríguez Aguado eran los dos máximos responsables de la organización. A media mañana, un grupo de agentes se personó en el domicilio de Joaquín ubicado en pleno Barrio de Salamanca. Minutos antes de llegar la policía, el subjefe del grupo había recibido desde el Parque de Intendencia una llamada advirtiéndole de que la policía había ido allí preguntando por él.  Abandonó su casa a toda prisa, ocultándose en una vivienda segura del grupo en la calle Espartinas. Para entonces, su madre también estaba en peligro y tuvo que huir de su domicilio. Durante un mes Joaquín cambió al menos cuatro veces de refugio; la Brigada Especial le pisaba los taones. El comisario Valentí puso precio a la cabeza de los dos máximos responsables del “espionaje enemigo en Madrid”. Por medio de un conocido constructor, muy vinculado a la diplomacia francesa, un coche de la embajada de este país consiguió auxiliar a Joaquín y  Antonio trasladándoles el 18 de diciembre hasta la embajada de Turquía donde se esconderían en calidad de refugiados políticos..  
Desde allí intentaron organizar a los pocos elementos de la organización que quedaban en libertad y llegaron a enviar a zona franquista un informe detallado de su situación escrito con tinta invisible a través de una valija diplomática. En el interior de la embajada, Joaquín entró en contacto con José María Lezameta, un abogado vasco que aseguraba haber militado en la Falange antes de la guerra. Lezameta, que desde el principio se mostró dispuesto a colaborar, era  otro infiltrado de la Brigada Especial que había entrado en la legación turca para informar de los pasos de Jiménez de Anta y Rodríguez Aguado a cambio de 300.000 pesetas y un pasaporte para viajar a Francia.

Imagen del SIM (Servicio de Imformación Militar).
Era el Servicio Secreto de la República. Su jefe, en la zona
centro era Ángel Pedrero, su foto marcada con una X
 El 28 de enero de 1938, agentes del SIM (Servicio de Información Militar) irrumpieron de madrugada en la embajada y detuvieron a más de cien personas entre las que estaban los dos jefes de la Quinta Columna. La entrada de las fuerzas del orden en una embajada suponía una clara violación de asilo político, hecho que conmocionó a la opinión pública internacional. La excusa que puso Indalecio Prieto, Ministro de Defensa, fue que desde el interior de la embajada alguien había disparado a un grupo de milicianos. No era cierto. El SIM nunca encontró armas dentro de las instalaciones. El único hecho que motivó el asalto fue la presencia de los dos quintacolumnistas más importantes de Madrid.
Rodríguez Aguado y Jiménez de Anta fueron trasladados a la sede del SIM ubicado en el Ministerio de la Marina, donde fueron interrogados y maltratados. El jefe  del espionaje republicano en Madrid, el socialista Ángel Pedrero, llegó a ordenar un simulacro de fusilamiento para que delataran al resto de componentes del grupo. Todos los miembros de la organización fueron juzgados por el Tribunal de Espionaje y Alta traición de Madrid salvo Jiménez de Anta y Rodríguez Aguado que fueron trasladados a Barcelona por ser extremadamente peligrosos. Allí fueron encerrados en diferentes cárceles como los Buques Prisión Uruguay y Villa de Madrid, el castillo de Montuic, la checa de La Tamarita y la cárcel Seminario. En verano de 1938, las autoridades franquistas intentaron canjearles por dos presos republicanos en poder de los nacionales. Con la intermediación de la Cruz Roja, el canje no se pudo llevar a cabo. Rodríguez Aguado murió el 28 de octubre víctima de tuberculosis acrecentada por los malos tratos recibidos durante su cautiverio.
El 24 de enero de 1939, dos días antes de que Barcelona cayera en poder de los franquistas, Jiménez de Anta y otros presos importantes como Rafael Sánchez Mazas fueron evacuados hacia la frontera con Francia como rehenes del SIM. Muchos de los evacuados fueron fusilados en el Santuario del Collel salvo Joaquín y otros dos militares que consiguieron huir aprovechando un descuido de sus captores tras saltar del camión que les transportaba a la altura de Sils (Girona). Durante seis días los tres fugitivos permanecieron escondidos en pleno bosque soportando temperaturas bajísimas. El 2 de febrero, un año después de su detención, Joaquín recobró la libertad al presentarse como quintacolumnista a una avanzadilla franquista en Massanet de la Selva.
 
Jiménez de Anta con Franco tras la Guerra Civil española.
 Terminada la guerra, recibió numerosas condecoraciones por haber actuado como agente nacional en la retaguardia republicana. Pese a las medallas, al igual que otros espías franquistas, sus actividades no fueron reconocidas por el resto de militares que sí habían luchado en el campo de batalla. Ese recelo entre sus compañeros de profesión y su odio hacia el comunismo motivó que Joaquín se alistara como voluntario en la División Azul en 1942 permaneciendo en Rusia un año y medio en el frente de Leningrado. Al regresar a España, echó raíces en Barcelona, ciudad en la terminó la carrera de medicina y contrajo matrimonio. En 1953 pasó a la reserva con 45 años para dedicarse exclusivamente a la medicina. En poco tiempo se convirtió en un prestigioso ginecólogo hasta que empezó a colaborar con el Ayuntamiento. En los años 60 fue nombrado concejal y se dedicó a ayudar a los más desfavorecidos, especialmente a las personas sin recursos y enfermos mentales. Murió en 1975 con 67 años y con él murió también su apasionante historia durante la Guerra Civil.
(La historia de Joaquín Jiménez de Anta es el fruto de una amplia y larga investigación de su autor, Alberto Vargas, en archivos civiles y militares así como en varias hemerotecas. Agradecimiento especial para la familia Jiménez de Anta, Burgos Iglesias y los descendientes de Antonio Rodríguez Aguado.  Esta investigación fue publicada por el periódico La Vanguardia los días 8,9 y 10 de octubre. En la parte inferior pueden pinchar el link para acceder a los artículos publicados en este periódico catalán)


2 comentarios:

  1. Desconocía que en La Torre de Esteban Hambrán estuviera el cuartel general del SIPM, ¿como podría obtener más información y datos de este tema? muchas gracias.

    ResponderEliminar
  2. Hola amigo, es posible que encuentres bastante información en los archivos militares y en algún libro que otro que solo hoy se puede adquirir de segunda mano. Un abrazo y gracias por tu comentario

    ResponderEliminar